La semana pasada, tres personas distintas me preguntaron tres cosas distintas sobre salud.
Una quería saber si el café con leche por la mañana le estaba “bloqueando el cortisol”. Otra me preguntó si Ozempic era una estafa o un milagro, porque había visto cosas muy distintas. La tercera llevaba meses tomando cinco suplementos diferentes, ninguno recetado por nadie, todos recomendados por personas distintas en sitios distintos.
Las tres son personas inteligentes. Las tres habían buscado información. Las tres estaban más confusas después de buscar que antes.
Y pensé: ahí está el problema real.
No es que no haya información. Hay demasiada. Hay más estudios, más podcasts, más libros, más vídeos, más expertos que en cualquier otro momento de la historia. Si mañana te da por investigar sobre colesterol, puedes pasarte dos horas leyendo y salir convencido de que es el mayor enemigo de tu corazón. O convencido de que nunca fue el problema. Depende de por dónde empieces a buscar.
Eso no es información. Eso es un laberinto.
Y lo más curioso es que nadie habla de esto. Se habla de qué comer, de cómo entrenar, de qué suplemento tomar. Pero casi nadie habla de algo más básico: cómo decidir en qué creer.
Piénsalo un momento.
Abres Instagram y en diez minutos puedes ver a un médico diciendo que los ultraprocesados son veneno, a otro diciendo que el problema no es el alimento sino la cantidad, a un nutricionista explicando que lo que importa es el contexto metabólico de cada persona y a alguien sin ninguna titulación pero con cuatrocientos mil seguidores que lleva tres meses
comiendo solo carne y dice que nunca se había sentido mejor.
¿A quién le haces caso?
Y no me refiero a quién tiene razón. Me refiero a algo anterior: ¿cómo decides, tú, en ese momento, qué tipo de mensaje tienes delante?
Porque no es lo mismo un estudio clínico que una experiencia personal. No es lo mismo una opinión que evidencia científica. No es lo mismo alguien que te quiere ayudar que alguien que te quiere vender algo. Pero en la pantalla del móvil, todo llega igual. Mismo formato, mismo tamaño, misma voz segura.
Y aquí está la trampa.
No es que la gente sea tonta. Es que nadie nos enseñó esto. En el colegio aprendemos a leer palabras. No aprendemos a leer información. No nos enseñan a preguntarnos de dónde viene lo que leemos, quién lo financia, qué dice exactamente el estudio que citan o qué no dice aunque aparezca en el titular.
Y mientras tanto, hay industrias enteras, muy bien organizadas y con mucho dinero, que sí saben cómo funciona tu cerebro cuando toma decisiones. Que saben que una historia emocionante convence más que diez datos. Que saben que la urgencia vende. Que saben que si repites algo suficientes veces, empieza a parecer verdad.
No digo esto para asustar. Lo digo porque me parece importante nombrarlo.
Llevo años trabajando en esto. Y lo que más me ha sorprendido no es la cantidad de desinformación que existe. Es lo difícil que resulta reconocerla cuando la tienes delante. Incluso cuando sabes buscarla. Incluso cuando crees que estás leyendo con ojo crítico.
Porque el problema no suele ser el bulo burdo y fácil de detectar. El problema es la mezcla. La información que tiene un poco de ciencia real, un poco de exageración, un poco de interés comercial y mucho de verdad emocional mezclados de tal forma que separarlo requiere un esfuerzo que casi nadie tiene tiempo de hacer.
Eso es lo que está pasando con el cortisol, con el biohacking, con los fármacos para adelgazar, con los protocolos de longevidad, con los suplementos para todo. No son mentiras puras. Son verdades a medias presentadas con toda la seguridad del mundo.
Y una verdad a medias, sin contexto, puede hacerte tanto daño como una mentira.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es “¿qué tengo que comer?” o “¿qué suplemento me falta?”.
Quizá la pregunta más útil es esta: ¿cómo decido yo en qué creer
Esa pregunta cambia todo. Porque cuando empiezas a hacértela de verdad, la forma en que consumes información sobre salud cambia por completo. No te vuelves desconfiado de todo. Te vuelves más selectivo. Más tranquilo, paradójicamente. Menos susceptible a la urgencia del próximo vídeo, del próximo titular, del próximo experto que promete que esta vez sí tiene la respuesta definitiva.
Cuidar la salud en 2026 no depende solo de lo que comes o de cuánto te mueves. Depende también de cómo piensas cuando alguien te habla de salud.
Sobre todo esto hablaremos el próximo 8 de julio en la Casa de la Cultura de Almuñécar, en una conferencia que se llama ¿Quién está entrenando tu cerebro? No vengas a buscar respuestas fáciles. Ven si te apetece aprender a hacerte mejores preguntas.
