La Columna de Don Juan León | “El hombre embrutecido por la superstición es el más vil de los hombres”


 No voy a tener en cuenta el significado alarmista que da el diccionario a la acepción superstición: “Especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor”. ¡Nada que ver! Me refiero a esas rutinas o costumbres repetitivas por reiterativas que tenemos los mortales y que las exhibimos en el quehacer diario.  

     En cuanto a nuestras manías se trata de una ‘creencia extraña contraria a la razón por una fe desmedida o valoración excesiva respecto a algo ‘. Dependiendo del acto supersticioso, un individuo cree que puede cambiar su suerte de forma positiva o negativa. ¡Qué lío! Con lo fácil que es reconocer que muy pocos humanos estamos exentos de manías o supersticiones, ya que es la señal más palmaria de que estamos… ¡vivos! Al menos, así lo pienso.

     Mezclando ambas cuestiones nos encontramos con estas situaciones:

     No pasar debajo de una escalera, cerrar las tijeras, no derramar la sal, repelús al martes y trece, cruzarse con un gato negro, romper un espejo, levantarse con el pie izquierdo, el color amarillo (teatro y fútbol), abrir un paraguas dentro de casa, poner un sombrero en la cama, recibir la visita de un abejorro negro (el rubio es el ‘bueno’), brindar con agua, cruzar los dedos o mojarlos en el vino que se ha vertido en la mesa y frotarlos en la nuca, santiguarse, tocar madera, ordenar objetos de manera determinada, no dormir con almohadas distintas, prendas que dan suerte, asegurarse repetidamente de algo (puerta cerrada, coche abierto, grifos, llaves de paso…), usar solamente el baño de casa, tocarse o alisarse el pelo de manera mecánica, centrar un cuadro… y un sinfín de ellas que ustedes podrían aportar.

     El gran escritor francés François-Marie Arouet (1694 – 1778), más conocido como Voltaire, lo entendió así: “La superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía, la hija loca de una madre cuerda”.

     Y el irlandés Edmund Burke (1729 – 1797), considerado como el padre del liberalismo conservador británico, apostilla: “La superstición es la religión de las mentes débiles”.

     Y tres anécdotas para adentrarnos en este anecdotario ciento catorce

1.- En la primavera de 1989 me desplacé al aeropuerto de Málaga para recoger al fallecido D. Ramón Mendoza Fontela (expresidente del Real Madrid C. F.), que llegaba acompañado por D. Francisco Gento López. Camino de Almuñécar, donde recibiría del Ayuntamiento por gestión de nuestra Peña Madridista, el galardón “El Aguacate de Oro”, nos contó que en una ocasión envió a una señora muy amiga a su domicilio en un coche del Club, con toda delicadeza por supuesto, para que se cambiara de vestido, ya que se le ‘ocurrió’ aparecer por el palco con un bello atuendo ‘amarillo’. ¡Algo impensable para ganar el partido!

2.- D. Ramón, a veces, se tenía que recoger la camisa entre su chaqueta para no enseñar lo raído de sus puños y cuello. Era la prenda ‘victoriosa’, la de las grandes ocasiones y la usaba, por suerte, demasiado a menudo. 

3.- El ya desaparecido D. Luis Aragonés Suárez, “El Sabio de Hortaleza”, tenía auténtica fobia a ese color gualda. En una ocasión obligó a D. Raúl González Blanco a cambiarse una camiseta amarilla en un entrenamiento; y en otra, rechazó un ramo de flores de esa tonalidad a su llegada a Dortmund (Mundial de Alemania en 2006). ¡Cosas que pasan! 

     Tengamos pues las supersticiones y manías justas, las inocentes, las que no causan daños o las rutinarias, y así no caeremos en la sentencia del gran Platón (427 – 347 a.C.)

     “El hombre embrutecido por la superstición es el más vil de los hombres”. 

       Todas las civilizaciones, desde la Prehistoria, han descansado o reposado sus creencias ‘religiosas’ en amuletos, dioses, estatuas, fetiches, ídolos, talismanes o tótems, por lo que su adoración y veneración se convirtió en una práctica habitual.  

     Nada más ilustrativo que algunos ejemplos como la Venus de Willendorf austríaca del Paleolítico con sus prominentes senos, caderas y vientre (símbolo de la fecundidad); las esfinges egipcias; los cultos politeístas (dioses mesopotámicos, egipcios, griegos o romanos); los amuletos celtas, tribales, indios o medievales; los espíritus, como el gran Manitú de los ‘pieles rojas’; o las enigmáticas figuras funerarias polinésicas de la isla de Pascua (Chile) de hasta 12 metros de altura.

     Según el diccionario magia es un conjunto de prácticas y creencias relacionadas con la producción de diversos efectos contrarios (por lo menos, aparentemente) a las leyes naturales, mediante el conjuro de fuerzas naturales y agentes sobrenaturales.

     Esas personas están familiarizadas con expresiones como hacer un trabajo’, ‘trabajar fuerte’, ‘magia blanca’ o ‘magia negra’ y existen muchos tipos de ellas: la ceremonial que actúa sobre los espíritus por medio de un ritual; la natural o imitativa que lo hace sobre la naturaleza por medio de una técnica basada casi siempre en las leyes de la similitud (lo semejante llama a lo semejante), la contagiosa o de la contigüidad (las cosas que han estado en contacto continúan actuando unas sobre otras, aún ya separadas); la preventiva que utiliza talismanes y objetos similares; o la activa, que recurre a un ritual estereotipado. 

     Por su finalidad hay que distinguir entre magia negra o de la mano izquierda que persigue el mal y está hoy día identificada con la brujería, y magia blanca o de la mano derecha que persigue el bien y se corresponde mejor con el término ‘magia’ que nos ocupa. 

     Las ‘actividades’ son variopintas y así, por poner algunos ejemplos, podemos encontrar las danzas con las que el cazador imita a los animales que desea ver multiplicarse (imitativa) o la destrucción de los cabellos pertenecientes a una persona a la que se desea el mal y que acabará enfermando o muriendo (contagiosa). 

     Los simbolismos utilizados socialmente, aunque en número reducido, también son importantes y sirven para multitud de cosas. Así la magia de los nudos mata el amor, calma el viento o sana a un enfermo.     

     Además del ritual externo de la magia, ésta recurre a gestos y palabras en tres formas principales, encantamiento, maldición y bendición, mediante fórmulas recitadas o cantadas. 

     Avele; Ikenga, Dogon, Gris-Gris, Maravú; Gouro, Ju-Ju, Makuy; Shira-Punu-Lumbo, Ndoki, Niam-Niam No, no estamos enumerando la formación de salida de una de las escuadras africanas que participan en un torneo de fútbol. Se trata de palabras exóticas y onomatopéyicas que en Europa tendrían el efecto de un divertido trabalenguas, pero para los jugadores del continente negro, en cambio, esconden significados aterrorizantes, relacionados con el más allá’.

     Hablamos de ajos, amuletos, caparazones de tortuga, conchas, cristales de botella, cuernos de animales, estatuillas, máscaras, monedas y un sinfín de artilugios más, vinculados todos ellos al mundo de la brujería. Éstos parecen ya ausentes del actual balompié y sus jugadores ‘pasan’ de pócimas y maldiciones, aunque se cuidan mucho de expresarlo en público… ¡por si acaso! Hablan sólo de danzas o bailes para celebrar goles, pero guardan celosamente los secretos y las pociones mágicas de sus brujos.

     De hecho, no resulta nada infrecuente ver en las gradas, camuflados y coloreados, a hinchas envueltos en la bandera de su país, como auténticos ‘tótems’ humanos. Se trata de enigmáticos personajes que se sitúan siempre en puntos estratégicos del estadio de forma que los jugadores o los atletas puedan verlos perfectamente y, según dicen, ‘atacar’ siguiendo el ritmo de los rezos propiciatorios acompañados del tam-tam de sus tambores tribales.

     Desde Togo al Senegal; de Guinea a Costa de Marfil; de Zimbabwe a Nigeria; de Zambia al Congo; y de Angola a Camerún, todos sus equipos son proclives a practicar y creer en el poder oculto de la ancestral brujería africana.

     Hoy día estos comportamientos se hacen menos visibles y se impide que en sus torneos los santeros o brujos acompañen a sus selecciones como un miembro más de la expedición, evitando que puedan esparcir la sal de la suerte junto a la puerta del vestuario de su escuadra, quemar un gallo vivo o degollarlo en mitad del terreno de juego la noche previa al partido de los suyos.   

     Claro que las prácticas telúricas no son patrimonio exclusivo de magos, pitonisas o santeros. Lejos de miradas indiscretas, selecciones como la de Zimbabwe bailaban en las noches de luna llena sobre las tumbas de sus propios antepasados y enterraban en el cementerio valiosos amuletos para que la suerte no les fuera esquiva cuando pisaran el ansiado verde manto; algunos jugadores (Senegal) se hacían pequeñas incisiones cutáneas en manos, brazos y piernas con esotéricos dibujos usando aguijones de puercoespín que después coloreaban con tinturas vegetales; en Zambia, el principal hacedor de la suerte es una mano de mono momificada con la que los jugadores se frotaban antes de saltar al césped para que las paradas del portero y los disparos de los delanteros resultaran ‘milagrosos’; y en Sudáfrica, era costumbre que el seleccionador, al estrenar el cargo, metiera sus pies en sangre de ‘springbook’ (ciervo) para quedar inmunizado contra el ‘maravú’ (magia negra de los rivales). 

     Una de las palabras más temidas en esta especie de jerga masónica africana es ‘ndoki’, que significa bruja. Una pitonisa capaz de realizar sortilegios y ejercitar sus poderes ocultos desde su propia casa, pero con efectos devastadores.

     Y cerramos con el químico ruso Dimitri Ivánovich Mendeléyeb (1834 – 1907)

     “La superstición es una creencia basada en la ignorancia”

     Y como nosotros, a Dios gracias, no somos ignaros, desinformados o inconscientes…

Juan de León Aznar… me he pasado dos pueblos, pero con la euforia del reinicio…


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