La Columna de Don Juan León | “Hay que saber a dónde ir, dónde permanecer, de dónde retirarse, dónde visitar y dónde nunca regresar”


Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar, conocido históricamente como ‘El Gran Capitán’, fue un noble y militar español que alcanzó el rango de capitán general de los ejércitos de Castilla y Aragón y, por tanto, al servicio de los Reyes Católicos, comandando los famosos ‘Tercios españoles’. Ha sido considerado el pionero de la ‘guerra moderna’, ya que consiguió la hegemonía en los campos de batalla de Europa durante más de siglo y medio.

     Nació en Montilla (Córdoba) el 1 de septiembre de 1453 y falleció en Granada a los 52 años víctima de malaria el 2 de diciembre de 1515.

     Ocupó los cargos de virrey de Nápoles, duque de Sessa, duque de Santángelo, duque de Terranova, duque de Andría y duque de Montalvo, amén de Maestre de la Orden de Santiago.

     Estuvo presente en la batalla contra los portugueses de La Albuera (1479); en la Guerra de Granada (Tájara en las Torres de Huétor Vega, Íllora, Montefrío y en la conquista de Loja en la que hizo prisionero al monarca nazarí Boabdil, ‘el Chico’); en la primera Guerra de Italia (única derrota en Seminara, 1495, y victorias en Atella, 1496; y Ostia, 1497); en la segunda Guerra de Italia (Ceriñola y Garellano en 1503); y en la tercera Guerra Turco-Veneciana (Cefalonia, isla del mar Jónico, 1500).

     Se estarán preguntando el porqué de esta perorata, que va a dar luz al anecdotario ciento nueve. Es fácil de explicar, porque a este célebre personaje se le atribuye esta afamada frase, que habrán leído o escuchado en multitud de ocasiones:

    “A enemigo que huye, puente de plata”, que significa que al enemigo conviene facilitarle la retirada y, si es preciso, ofrecerle ventajas para que no nos siga ocasionando problemas. Así, de esta forma, evitaremos confrontaciones o situaciones harto desagradables.

     Algo parecido debió pensar el gran emperador francés Napoleón I Bonaparte (Ajaccio, Córcega, Francia, 1769; isla de Santa Elena en el océano Atlántico, Imperio británico, 1821)) cuando intuía que las cosas iban mal y de esta guisa acuñó una popular frase, una auténtica aljófar, que implica madurez y reflexión:

     “Una retirada a tiempo es una victoria”

     Y en “El Principito”, el libro (novela corta) escrito en francés más leído y traducido de todos los tiempos (1943), de Antoine de Saint-Exupéry (1900 -1944), podemos leer:

     “Hay que saber a dónde ir, dónde permanecer, de dónde retirarse, dónde visitar y dónde nunca regresar”.

     Y si tantos piensan así, habrá que hacerles caso, ¿no? ¡Digo yo!

     El anecdotario anterior versó sobre el chocolate, pero quisiera añadir dos simpáticas anécdotas. Habida cuenta de que el artículo en cuestión ha sido objeto de muchas adulteraciones, un fabricante anunciaba su producto a bombo y platillo, diciendo:

     “Esto es chocolate puro sin mezcla de cacao, azúcar y otras porquerías que les ponen los demás”.

     El jurista francés Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755 – 1826) recomendaba tomarlo después de las comidas y decía: “Toda persona que haya bebido demasiados tragos seguidos en la copa de la voluptuosidad, todo hombre de ingenio que en un momento dado se encuentre atontado, todo aquél que encuentre el tiempo largo y la atmósfera pesada, deberá reconfortarse con un chocolate al ámbar” (lo llamaba ‘el de los afligidos o desgraciados’.

     Cierto día, en la Real Academia Española se debatía y se discutía sobre la definición que habría que dar a la palabra ‘liga’ y el dramaturgo, poeta y filólogo Juan Eugenio Hartzenbusch Martínez (Madrid, 1806 – 1880), autor de la obra “Los amantes de Teruel”, propuso la siguiente:

     “Pedazo de cinta con el que las mujeres se atan la media por debajo de sus rodillas”.

     Don Antonio Cánovas del Castillo (Málaga, 1828; asesinado en Mondragón, Guipuzcoa, 1897), el que fuera presidente del Consejo de ministros de España y el político artífice del régimen de la Restauración borbónica (1874 – 1931), que se encontraba presente, replicó:

     “¡Por Dios, don Eugenio! ¿Con qué clase de mujeres acostumbra a salir usted?”.

     Bajo las rodillas las llevaron las féminas del Siglo de Oro, las cuales hacían ostentación y gala de ellas al subir y bajar las escaleras; al tomar y dejar la litera, el palanquín o el coche; o en ciertos bailes y danzas, levantándose con aparente descuido y coquetería sus ricos briales o guardapiés (vestido de seda o rica tela) y lujosas saboyanas (faldilla morisca) para dejar ver parte de la pierna y sus historiadas y barrocas ligas. 

     Estas prendas recibían diferentes nombres según donde estuvieran ubicadas:  cenojiles o genojiles, si se situaban sobre las rodillas; ligagambas (‘atapiernas’) si se colocaban sobre las pantorrillas; o apretaderas.  

     Como escribió un poeta apellidado Iglesias:

     “Soltó Inés con mano breve // las finas apretaderas // para descubrir la nieve // de sus piernas hechiceras”.

     En nuestros días, por el culto que profesamos al astro solar, esas extremidades lactarias o piernas de nieve, casi no causan mella en el ánimo de los espectadores masculinos, habituados a contemplarlas en toda su extensión, ya luzcan morenas o bronceadas… a no ser que exhiban llamativos tatuajes o ‘tattoos’. ¡Cosas!

Juan de León Aznar … haciendo camino al andar por este junio’2026 que comienza


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