Aunque se trate de una ‘redundancia redundante’ siempre he defendido que cualquier historia de la Historia contiene suculentas anécdotas históricas
El relato de hoy se presta a ello y tiene por título la “Armada Invencible”, también conocida como la “Grande y Felicísima Armada” … y de paso, me adentro de lleno en el anecdotario ciento veinte y uno.
Hay tres apartados a considerar: personajes, hecho y consecuencia.
Así principiaba la lastimosa cantata popular, compuesta en ‘honor’ de la desastrosa pérdida de la gran flota española, debida a las batallas navales, las tormentas y los problemas de navegación:
“Invencible se llamaba // Invencible se llamó, // sin ser vencida acabara // sin ser vencida acabó”.
El gran emperador Felipe II, ‘El rey Prudente’ (1527 – 1598) le puso el nombre a esta poderosa escuadra, que mandó aprestar en 1588 para ir contra Inglaterra y Holanda, ya erigida esta última en República, y derrocar a la reina Isabel I de Inglaterra (1533 – 1603), porque pretendía restaurar allí el catolicismo y acabar con la piratería inglesa.
El almirante don Álvaro de Bazán y Guzmán, marqués de Santa Cruz y Grande de España (Granada, 1526; Lisboa, Portugal, 1588), gran marino y gran guerrero, debería haber comandado la expedición, pero su repentino fallecimiento lo impidió, ya que enfermó en enero y murió el 9 de febrero, después de 50 años invicto en su carrera.
Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, VII duque de Medina Sidonia (1550 – 1615) recogió el ‘guante’, al parecer a regañadientes. Históricamente y para algunos, y esto configura su leyenda negra, no saben el por qué se hizo cargo de la flota, ya que decían que se mareaba con ver una ola; sin embargo, pocos conocen que regresó con unas dos terceras partes de la armada (87 barcos) y se enfrentó en solitario a ocho buques ingleses.
Constaba esta armada de 150 naves mayores, montaba 2650 piezas de artillería, 8000 marineros, 20000 soldados, 2100 remeros, 175 religiosos de distintas órdenes y la flor y nata de nuestra nobleza.
Partió del puerto de Lisboa y ya al llegar a Galicia comenzó a sufrir los embates de las tempestades. Las naves que pudieron proseguir la ruta llegaron cerca de los puertos de Inglaterra, donde otro fortísimo temporal destruyó la mayor parte de la armada, amén de que los barcos ingleses eran más ágiles y estaban pertrechados con una artillería más efectiva.
La contienda tuvo lugar en el Canal de la Mancha, en el mar del Norte y en las costas de Escocia e Irlanda y duró desde mayo hasta septiembre del citado año. Esta aventura le costó a España veinte mil hombres, cuarenta millones de ducados y cien navíos.
Cuando le dieron la noticia al rey, que se hallaba en El Escorial, del desastre de la armada, contestó sin inmutarse:
“Yo la había enviado a combatir contra los ingleses y no contra los elementos. Cúmplase la voluntad del Señor”.
En resumen, la Armada Invencible fue una expedición militar fallida que tuvo importantes consecuencias políticas, militares y simbólicas, y que marcó un cambio en el equilibrio de poder de Europa:
- Supuso un duro golpe para las ambiciones imperiales de Felipe II.
- Inglaterra consolidó su posición como potencia naval, amén del crecimiento de su influencia en Europa.
- Se incrementó la piratería inglesa, lo que obligó a España a reforzar sus defensas en las colonias, además de defender los convoyes provenientes de América con sus preciados cargamentos.
- La derrota española logró convertir la resistencia inglesa en un símbolo y alcanzar un mito en la historia naval.
Bien se le podía aplicar a este lamentable suceso lo escrito por el estadounidense, Premio Nobel de literatura en 1949, William Cuthbert Faulkner (1897 – 1962):
“Todos fallamos en alcanzar nuestros sueños de perfección, así que nos ponemos nota sobre la base de nuestro espléndido fracaso al intentar lograr lo imposible”.
El descalabro patrio fue de tal magnitud, que se merece una pincelada de humor para ‘espantar’ fantasmas.
Amadeo I de España (Turín, Italia, 1845 – 1899), llamado ‘El Rey Caballero o El Electo’ e hijo de Víctor Manuel II de Italia, fue nuestro rey desde el 2 de enero de 1871 hasta el 11 de febrero de 1873. Después de abdicar, fue sustituido por el abogado y político barcelonés Estanislao Figueras y Moragas (1819 – 1882), que fue nombrado presidente de la Primera República Española.
El monarca le pidió un día al periodista y poeta satírico leridano Manuel del Palacio (1831 – 1906) su producción literaria, que estaba desperdigada en periódicos y revistas. El escritor montó en un libro una serie de recortes y los hizo encuadernar bajo el título “Obras completas de Manuel del Palacio”, remitiéndolas al soberano.
Don Amadeo correspondió con otro cuaderno cuyas hojas eran billetes de banco y llevaban la siguiente dedicatoria: “A mi admirado amigo Manuel del Palacio, por sus obras completas”.
El autor quedó tan entusiasmado que se apresuró a enviar al monarca otro cuaderno con más recortes, titulándolo “Obras completas de Manuel del Palacio (segunda edición)”.
No tardó el rey en contestar y le remitió otro cuaderno de billetes con la siguiente dedicatoria: “A Manuel del Palacio por la segunda, última y definitiva edición de sus obras completas”. ¿Agudeza, caballerosidad, estilo?
Juan de León Aznar … enfrascado en no sé qué cosa en este noviembre’2026
