Soñar y sueño son dos acepciones que forman parte de nuestra vida cotidiana, de nuestra rutina, y se nos muestran como dos necesidades biológicas que nos permiten restablecer las funciones físicas y psíquicas tan necesarias para mantener un equilibrio vital y hacer posible que funcionemos o nos activemos a pleno rendimiento.
El primer palabro se refiere a la representación de imágenes o sucesos en la fantasía durante el sueño: “¡qué películas protagonizamos!”, “¡qué pesadillas padecemos!…
También se usa para imaginar como reales cosas que no lo son o para desear algo con vehemencia.
El segundo término ha pasado de ser considerado como algo pasivo a conformar un estado de conciencia dinámico con una actividad tan activa como en la vigilia, donde se experimentan cambios en la tensión arterial, la temperatura corporal o la secreción hormonal, entre otros.
Dormimos para poder estar despiertos durante el día y el sueño es un menester básico del organismo. Su satisfacción nos permite la supervivencia y si aumenta la supresión del sueño se produce un claro deterioro en el funcionamiento diurno, una disminución del rendimiento intelectual (concentración y memoria), del razonamiento lógico y disminuyen los reflejos. En esta situación decimos… “¡estoy hecho un zombi!”.
Y con unas citas de famosos sobre el tema en cuestión, abrimos este anecdotario ciento diecisiete:
El gran novelista y poeta brasileño de 78 años Paulo Coelho de Souza (1947) arranca con fuerza con estas dos reflexiones con encanto:
“Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él”.
“La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante”.
El representante más joven de la ‘generación del 98’ y poeta español, el sevillano Antonio Machado Ruiz (1875 – 1939), continúa:
“Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”.
León Daudí o Jorge Dearán son los seudónimos del escritor barcelonés Noel Clarasó i Serrat (1899 – 1985), quien escribió:
“Sólo es capaz de realizar los sueños el que, cuando llega la hora, sabe estar despierto”.
Cierto día se encontró la reina Isabel I de Inglaterra (1533 – 1603), apodada “la Reina Virgen, Gloriana o la Buena Reina Bess”, a uno de sus cortesanos con quien no había cumplido con ciertos ofrecimientos. Le vio abstraído y le preguntó de improviso:
“¿En qué piensa un hombre cuando no piensa en nada?”.
“En promesas de mujer”, respondió el otro.
La reina bajó la cabeza y se fue diciéndole en voz baja:
“El despecho puede inspirar respuestas ingeniosas; pero también puede condenar a pobreza perpetua”.
¿Recogería el decepcionado servidor la ‘directa indirecta’?
Había en la redacción de un periódico madrileño de 1910 un redactor que todo lo hacía bien menos titular las noticias. Un día presenció la caída de un obrero desde un andamio a la calle falleciendo en el acto. El buen hombre redactó la noticia, pero no acertaba con el título.
“Accidente”, le parecía vulgar; “Desgracia”, poco interesante; y “Muerte”, nada expresivo.
Al fin la noticia salió con el siguiente epígrafe: “Andamio”.
Por esa época en Madrid destacaban varios periódicos: “El Debate” (‘Diario católico e independiente de la mañana’); “La Bandera federal” (“Diario de Alianza Republicana”); “ABC”; “Heraldo de Madrid” (de gran importancia); “El Imparcial” (relevante en ese periodo); y “La Mañana” (liberal-socialista, que duró un año).
El que fuera célebre dramaturgo y poeta Marcos Zapata Mañas (Ainzón, Zaragoza, 1842; Madrid, 1913) fue un deplorable estudiante, que llegaba a fin de curso sin haber abierto los libros de texto y en esos últimos días se preparaba unos temas al azar con la esperanza de tener suerte.
Una de las veces que fue a examinarse, le tocó un tema que desconocía por completo, y Zapata, sin inmutarse, empezó a hablar de lo divino y lo humano, aludiendo de vez en cuando, y sólo de pasada, al tema a abordar.
El catedrático, exasperado, le llamó al orden: “Señor Zapata, está usted dando una en el clavo y ciento en la herradura”. Y Marcos, impertérrito, replicó:
“Yo no tengo la culpa… ¡Si estuviera usted quieto!”.
Fue suspendido, claro está, y no aprobó ‘ni el recreo ni el bocadillo’.
Al sucesor de Luis José de Borbón, duque de Vendôme (París, 1654; Vinaroz, Castellón, 1712) en el gobierno de cierta provincia francesa, por mera ceremonia le presentaron, según costumbre, una bolsa con mil monedas de oro, al tiempo que le decían: “Vuestro ilustre antecesor no quiso admitirla”.
“¡Oh! El duque de Vendôme era un hombre inimitable” … ¡y se embolsó el dinero!
“Ves cosas y dices, “¿Por qué?” Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, “¿Por qué no?”, apostilla el renombrado dramaturgo, crítico y polemista irlandés George Bernard Shaw (1856 – 1950), que ahonda en estos benditos sueños.
Y un sabio refrán echa el cierre: “Soñaba el ciego que veía, y soñaba lo que quería”.
Juan de León Aznar … si soñamos… nos mantendremos despiertos en este 2026
